«BÉSAME, PRINCESA, Y QUÉDATE CONMIGO. BILOGÍA BÉSAME II»

by - 20:03




Lucía
No podía respirar. No era capaz de tomar una bocanada de aire que llenase por completo mis pulmones y me diese una tregua de unos segundos. Mi cabeza no estaba allí, no creo que ni mi alma estuviese a mi lado. Me había abandonado al cometer la mayor estupidez de mi vida. 
—Joder, Lucía. ¿Qué coño has hecho? 
Las lágrimas cubrían toda mi cara y mi cuerpo no dejaba de temblar recordando las últimas palabras de Hans. ¿Cómo había sido tan estúpida de creer que haciéndolo de aquella manera todo tendría una mejor solución? 

Hacía dos horas que me había sentado en el acantilado, en el saliente más lejano de la carretera, donde el viento golpeaba con más fuerza. Tenía la intención de que el aire borrase todo el rastro de mi dolor, pero si no lo había conseguido con mis pesadillas, ¿cómo iba a hacerlo con mi acto más suicida?
Aparté mi mano del suelo y vi la marca que me había dejado el anillo que me dio la abuela de Hans en uno de los dedos. Me lo quitaron en el momento en que les entregué el dinero, pero no recordaba con claridad lo que había sucedido horas antes. Desde el momento en que recibí la llamada de Pablo, todo pasó a cámara rápida por mi cabeza. Era como si estuviera en una película a toda velocidad: el taxista negándose a entrar en aquel barrio de la ciudad, los ruidos de la calle detrás de mí cuando caminaba hacía aquella dirección, mis tacones resonando en aquel callejón lleno de cristales rotos, la luz tintineante de aquella farola que estalló ante mi llegada, el tipo de la entrada, la pistola, los chicos aterrados, la droga encima de la mesa, los gritos de Hans, mis gritos… el sonido de aquella puerta cerrándose de un golpe. Hubiese sido mejor recordar aquella película si hubiese rebobinado hasta el momento en que Hans me besaba antes de comenzar la fiesta. Su sonrisa, su preciosa y sincera sonrisa… Lo había perdido. 
Me tumbé en el suelo y noté cómo el aire me levantaba el vestido. Tomé una gran bocanada de aire y por primera vez en varias horas, la presión de mi pecho comenzó a desaparecer. Respiré varias veces profundamente y me quedé observando las estrellas. Sabía que en una de ellas mi padre me estaba observando y sabía que estaría negando con la cabeza observando a la idiota de su hija lanzando al vacío su única relación sincera de su vida. Mi cabeza recordó sus palabras. «Siempre os estaré protegiendo y guiando».
—Esta noche ni tú, papá, hubieras sido capaz de hacerlo. 
Cogí todo el aire que pude y lo contuve dentro de mí unos segundos. Repetí varias veces el proceso tratando de relajarme, recomponerme e intentar saber qué iba a hacer con mi corazón después de aquella noche.
Cerré los ojos varios minutos tratando de no pensar tanto en la estupidez que acababa de cometer y dejar de fustigarme, pero los minutos se convirtieron en un par de horas. Cuando abrí de nuevo los ojos el sol comenzaba a salir por el horizonte. Me levanté recogiendo los zapatos del suelo. Mi pie se resbaló hacia el precipicio y por unos segundos sentí que iba a caer al agua. Contuve la respiración e hice un movimiento rápido metiéndome en tierra firme. Observé el vacío y el agua se movía tranquila ante mis ojos. Era como si la tormenta de la noche anterior se hubiera calmado. Negué con la cabeza mientras las lágrimas volvían a recorrer mis mejillas. Hacía años que no me permitía llorar de aquella manera y en aquel acantilado agoté todas mis reservas. 
Me monté en el coche y busqué en mi bolso. No había rastro ni de mis llaves de casa ni de la cartera ni del móvil. 
—Joder. —Me llevé las manos a la frente preocupada. 
Mi tía y Pablo se estarían volviendo locos buscándome. Salí de allí casi derrapando con el coche y por la radio comenzó a sonar “Stay with me” de Sam Smith. El mismo que hacía unas horas me había dedicado una canción de amor, pasó a dedicarme unas amargas líneas que me acompañaron hasta casa.

Al llegar a casa las luces de la policía me alertaron. Lo primero que se me pasó por la cabeza es que algo le había sucedido a mi tía o a Pablo. Pasé el cordón de seguridad peleándome con un par de policías que me impedían el acceso. Salí corriendo hacia el interior mientras un par de policías trataban de pararme y me encontré a mi tía y a Pablo sentados en unas sillas con varios policías alrededor. Cuando la tía me vio se llevó la mano al pecho.
Maitia, ¿dónde te has metido? Hemos estado llamándote durante toda la noche. —Se lanzó a mis brazos y comprobé que su maquillaje había desaparecido por culpa de demasiadas lágrimas. 
—Lo siento, tía. No quería que os preocupaseis, pero… —me mordí los labios tratando de controlar mis lágrimas—. Lo siento, tía. —La besé en la mejilla y la apreté fuertemente contra mí.
—No le he contado nada de lo que ha pasado a la tía, pero al no encontrarte en casa no ver tu coche fuera…
—¿Habéis llamado a la policía por mi desaparición? Joder, Pablo, que solo he estado fuera unas horas. 
—La puerta estaba abierta cuando hemos llegado. Después de todo lo que ha pasado, pensé que esos tíos habían venido a casa y decidido hacerte algo peor de lo que ya nos hicieron en aquella casa. —Pablo estaba muy nerviosos. Sus manos no estaban quietas mientras las pasaba por mis brazos—. Siento mucho todo... Ha sido mi culpa, si yo no hubiera ido allí… 
—Quisiste salvar a Sharon y acabamos metidos en el mismísimo infierno. La culpable de todo esto soy yo por pretender hacer las cosas de esta forma. —Le acaricié la cara y saqué fuerzas para sonreír.
—No tenías que haberlo hecho. Nosotros podíamos haberlo solucionado. 
—Pablo, Sharon es una cría que está perdida y no sabes lo que todo eso hubiera hecho a su familia. Las drogas no eran de Sharon. —Noté cómo mi hermano se enfadaba por momentos.
—Ni tuyas, Lucía. No tienes que cargar tú con todo. Has destrozado la relación que tenías con Hans solo por querer ser una súper heroína. —Mi hermano entrecerró los ojos—. Sharon va a hablar con Hans cuando se tranquilice. 
—No, Pablo, habla con ella y prométeme que no se lo va a contar. Que crea que son mías es lo mejor para todos.
—No lo es. —Mi hermano me soltó las manos enfadado.
—Por una maldita vez en tu vida hazme caso, Pablo. Joder. —Pegué tal grito que todos se dieron la vuelta—. Hazme caso. —Me aparté de él bruscamente.
Me metí en casa, sacando a un policía de mi habitación y encerrándome por dentro. Necesitaba meterme en la ducha y olvidar todo lo que había pasado en aquellas últimas doce horas. Pero olvidar todo, no iba a ser tan sencillo.

Hans
Destrocé cada centímetro de mi despacho. Cada figura, cada copa y cada objeto que había encima de la mesa, habían quedado hechos añicos en los rincones de aquella habitación. Me volví loco al saber que aquellos meses habían sido una gran mentira. Sus palabras, sus caricias y sobre todo sus te quiero, habían sido fruto de una mente enferma. Había entrado en mi vida para enamorarme y destrozarme a su conveniencia.
No lo había visto. Me sentía estúpido. No sabía cómo no me había dado cuenta de las señales. Entonces todo comenzó a encajar en mi mente: su extraña forma de actuar de las últimas semanas. Aquella forma que tenía de recuperarse milagrosamente después de horas de trabajo, de semanas llenas de clases y fiestas. No sabía cómo no me había dado cuenta antes. Me sentía como un jodido estúpido. 
Me puse una copa de whisky y al darme la vuelta vi sus fotos colgadas de la pared. Me empezó a quemar la garganta, como si una gran bola de fuego quisiera salir por mi boca. Sentí un gran dolor en el pecho que me obligó a apoyar una mano en la mesa. La ira comenzó a recorrerme de nuevo, como un escalofrío. Miré el fondo del vaso y a los pocos segundos, aquel vaso estallaba en mil pedazos contra una de sus fotos. 
Los golpes alertaron a mis padres y a mi abuela, pero mis gritos les sacaron del despacho. Supuse que Sharon y Pablo ya les habrían contado todo lo que minutos antes había sucedido. Mi padre volvió a golpear fuertemente la puerta al escuchar el estallido del vaso, pero mi cabeza ya estaba lejos muy de allí. Recordé cómo la primera vez mis ojos se posaron en los suyos. Aquella forma de desafiarme, me tenía que haber avisado: Lucía no era una apuesta segura. No tenía que haber sucumbido a sus vicios, me tenía que haber alejado de ella. Hacerme caer en sus redes fue sencillo para ella, parecía tenerlo todo planeado. Estaba enfadado, decepcionado y jodidamente enamorado de ella. Su vida no había sido fácil y la había convertido en aquella extraña que había salido de mi despacho. 
Joder, ni siquiera tenía la seguridad de que todo lo que me hubiese contado fuera verdad. Mierda. 
—Has destrozado todo lo que teníamos, Lucía.
Me faltó el aire al pronunciar su nombre. No quería tenerla en mi boca ni en mi cabeza, pero mucho menos en mi corazón. Pero no me podía controlar. Tenía la necesidad de gritar y salir de allí lo antes posible. 
Cogí las llaves del coche y salí por la parte de atrás. Vi a Pablo hablaba con su tía, mientras ella negaba con la cabeza, como no creyendo lo que estaba oyendo. Llevándose una mano a la cara y la otra al pecho. Lucía se encargaba de joder todo lo que tocaba. 
Me monté en el coche y desaparecí. 
Nunca más confiaría de nuevo en ella ni en ninguna otra mujer. Bajé la guardia con ella y me destrozó. De la misma manera que me enamoré a la velocidad de un rayo de ella, consiguió que la odiase tanto como para desearle que todo aquello cayera sobre su conciencia. Paré en la playa un buen rato después y continué con mi única aliada de la noche: una botella de whisky Vintage Balblair1969. 
El alcohol ahogó mis penas y, delante de aquellas estrellas tintineantes del cielo, prometí que aquellas serían las últimas lágrimas que derramaría por ella. No volvería a pronunciar su nombre ni a recordar sus besos o caricias. Desde aquel momento, ella no existía para mí.
  

Título Original: Bésame, princesa, y quédate conmigo
Primera edición: Junio 2015, Vitoria-Gasteiz
Diseño de portada y contraportada Marta Lobo

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