«TODOS MIS DESASTRES. BILOGÍA MIS DESASTRES 1»

by - 09:30


Si mi vida fuese una película romántica americana de gran presupuesto, probablemente la canción que sonaría nada más ver un precioso plano de Nueva York al amanecer o al atardecer –tampoco me voy a poner exquisita con estos detalles–, sería Love Song de Sara Bareilles, siempre me ha parecido perfecta para abrir la primera escena en una superproducción. Yo saldría de la boca de metro para dirigirme a mi despacho en el mejor bufete de abogados de la ciudad, donde mi apellido estaría en la pared junto a los de mis otros dos socios. 

Si mi vida fuese una película romántica americana de gran presupuesto protagonizada por Emma Stone, por supuesto, me tropezaría por la calle con un tipo terriblemente atractivo, que me sonreiría como si la vida le fuese en ello. Yo me bajaría las gafas y negaría con la cabeza con una gran sonrisa. 

Si mi vida fuese una película romántica americana de gran presupuesto, al entrar en mi despacho –tras saludar a todos y cada uno de mis compañeros por su nombre y preguntarles por niños, perros, gatos y demás fauna familiar– encontraría un gran ramo de rosas rojas, pero sin nota. Sí, serían de un novio guapo, con ojos azules, atlético, pero no en exceso y muy enamorado de mí. Se escucharía un «Te quiero, nena» con una voz profunda y varonil. Me daría la vuelta y ahí estaría él –sería Ryan Gosling, por supuesto– con una rosa en la mano y la nota con un «Ven a vivir conmigo». Nos fundiríamos en un beso tierno, pero apasionado, que haría a todas mis compañeras girar la cabeza y suspirar. Después de trabajar quedaría con mis amigas en una preciosa terraza desde donde vería el atardecer más bonito de la ciudad y, Cosmopolitan en mano, disfrutaríamos de la noche neoyorkina, le sonreiríamos a la luna y terminaría la noche disfrutando en brazos de mi más que apuesto novio, en su precioso loft con vistas a Central Park. 

Pero no, mi vida no es una película romántica americana de gran presupuesto. No salgo de ninguna boca de metro cada mañana y veo el Empire State, pero sí la Gran Vía madrileña; cuando me choco con un tío por la calle suelo tirarme el café encima y como mucho suelen soltar un piropo a destiempo –algo así como: con esa mancha de café y tus tetas, desayunaría cada día (esto suele sonar en mi cabeza como el Gordo Cabrón de Austin Powers)–; en el bufete de abogados en el que trabajo, mi nombre no aparece en el despacho donde me recluyo cada día; no hay rastro de ningún Ryan Gosling en mi vida. Eso sí: tengo las mejores amigas del mundo con las que siempre sonreímos a la luna –a veces le enseñamos el culo, que en algún sitio escuchamos que esto atraía la buena suerte–, bebemos Dry Martini (o cualquier vermut que caiga en nuestras manos y quien dice vermut dice cervezas y/o gin-tonics) y superamos todos los baches de nuestras vidas, desde separaciones, embarazos sorpresa, depresiones y ellas son las primeras que disfrutan de mis desastres. Es más, en nuestras reuniones de los domingos en la Finca para comer la estupenda paella de mi padre, esperan el parte semanal con pelos y señales para hacer su fin de semana mucho más divertido. 

En mi vida hay más desastres que en un programa de cotilleos de media tarde. Los tíos con los que me acuesto –o trato de mantener una relación medianamente sana y estable– o me salen renacuajos, dejan manchurrones o, lo peor de todo, son los mayores gilipollas del universo. Mis amores, si puedo catalogarlos de esta manera, son un desastre total, pero os voy a explicar poco a poco, todo de golpe no, que puede que os haga creer que el amor se ríe de mí y… Bueno, más bien suele descojonarse mano a mano con el destino, mientras beben absenta negra. 

Mis amigas son maravillosas: Susana, Raquel, Elisa, mi hermana Zoe y yo somos lo más parecido a las Spice Girls cuberas. A cuberas me refiero de Cubas de la Sagra, un pequeño pueblo al sur de Madrid. Formo parte de una familia que ha sido capaz de superar los suficientes baches como para no dejar que nada nos destroce; tengo unos sobrinos casi normales en la edad del pavazo, una hermana a la que adoro y por la que mataría. Y hablo muy en serio: por Zoe mato y paro cuchillos con los dientes si hace falta.

Así que no, mi vida no es una gran producción americana. Yo no soy Emma Stone; si encuentro a un Ryan Gosling en Madrid o alrededores, lo secuestraré para hacerle mío para siempre; mi trabajo no es tan reconocido, pero soy una abogada cojonuda; mis amigas son las mejores y mi familia es espectacular. Aunque, pensándolo bien, mi vida sí que es una comedia, no una romántica como las que vemos en el cine, pero te ríes un buen rato con todas mis historias y anécdotas.

Acomódate que te voy a contar todos mis desastres –sí, a ti también, con pelos y señales– y a lo mejor… 
hasta nos enamoramos. 

Si por cada una de mis citas de internet que me ha salido rana me hubiesen dado diez euros, ahora mismo estaría metiendo todas mis cosas que están tiradas en el suelo del baño de este bar en un bonito bolso de marca. No sé en qué momento de mi vida he creído que tener una media de tres citas a la semana es una buena idea. Estoy escondida en el baño de este restaurante cutre, en el que mi cita del miércoles por la noche ha decidido quedar –del que voy a salir oliendo a fritanga de la mala–. Estoy escondida de él, de sus chistes machistas y de sus comentarios del tamaño de mi culo. ¿Te he dicho yo algo acaso sobre el escaso bulto que veo en tus pantalones, gilipollas?

Me miro en el espejo y trato de recuperar mi compostura. Me recoloco los tirantes de este vestido tan bonito que he elegido para, más que probablemente, volver a casa sola. Si es que su nombre tenía que haberme dado algún tipo de pista: MrBigMan69. ¿Cuántas veces más me voy a dejar engañar por unas frases rebuscadas en alguna página de internet para ligar? Te lo tienes merecido, Aura, por ingenua. 

Perdí el miedo a equivocarme con todos los desastres que he tenido durante el año pasado y parte de este. Lo he perdido junto con la poca vergüenza que me quedaba, con la fe en los hombres y con un par de los kilos que pillé en navidades. Perdí la esperanza de encontrar un hombre. A ver, no hablo de EL HOMBRE, pero sí de uno perfecto para mí, con sus pequeños defectos que acabaría adorando, que aceptase los míos –casi insignificantes, todo hay que decirlo– y que me amase tal y como soy. Joder, Aura, si es que sigues creyendo en cuentos de hadas y en finales felices después de todo. Sí, me niego a dejar de creer que en alguna parte de este mundo hay alguien perfectamente imperfecto para mí. No quiero decir que necesite un hombre para vivir, pero recuerdo los buenos momentos que viví con Mario, mi primer novio y con el que pensé que llegaría a mucho más. Nos conocimos cuando ambos teníamos veintidós años y durante cuatro fuimos muy felices. Pero el destino y, una oferta de trabajo demasiado buena como para rechazar, decidimos poner punto final a nuestra relación. Ahora él vive en Canadá, es un gran abogado y tiene una carrera muy prometedora, defendiendo causas muy importantes. Sigue intentando hacer de este un mundo mejor. Mario, pudimos ser muy felices, pero le obligué a escoger su carrera. 

Mientras me retoco el maquillaje sin saber muy bien para qué, sigo pensando en mi trayectoria ‘amorosa’ –no sé cómo puedo mantenerme seria cada vez que pienso o digo esta frase–. Después de Mario, más o menos un año después, llegó a mi vida Joaquín: el perfecto capullo que me dejó por Skype. Aquí está uno de los paralelismos con una película o serie americana: a Carrie la dejaron con un post-it, a mí por Skype con la excusa de que no teníamos nada en común, después de una relación de siete años. La cuestión es que tenía más en común con la profesora de yoga que venía a casa dos veces por semana para sus clases particulares. Fuera, fuera… no permitas que ese recuerdo te eche a perder esta noche.
¿Qué noche va a echar a perder? 
Esta cita ha sido muy mala idea. 
Aunque no es la peor idea de todas las que he tenido en mi vida. Si tuviese que hacer algún ranking de mis peores ideas, sería el siguiente:
3.El verano que dejé que Eli hiciese prácticas con mi pelo y me puso mechas platino por toda la cabeza. 
2.Apuntarme a Tinder. Gracias, Su, por esta gran idea. Y gracias también, Raquel, por apuntarme sin avisar a Adopta un tío
1.Esta la dejo libre porque seguro que mi peor idea está al caer. 
El pelo crece y existen los buenos tintes –muchas gracias, señor L’Oréal–, pero lo de las redes sociales para buscar pareja… Como si estar en un supermercado de tíos catalogados por cachas, hijos de papá, Blackcardincluida –mejor no opino de esta sección porque cuando lo vi solté un discurso de empoderamiento de la mujer que me quedé sola–, tatuados –esta sección me gustó mucho mucho–, o barbudos… fuera a ayudarme en mi historial de parejas. Sí, me iba a ayudar a seguir teniendo experiencias tan paranormales, que estoy a punto de llamar a Iker Jiménez para que estudie los efectos –y defectos– de mis desastres. Algo me tenían que haber avisado las frases que leía en la web tipo: ellas están en la tienda en este momento en el almacén nueva colección… Joder, si es que cada vez que entro parece que estoy eligiendo en el súper online entre pedir plátanos de Canarias o bananas. No, me parece que esta no es la mejor comparación que podía haber encontrado. Me he topado con tantas decepciones que estoy a un solo hombre-sapo-desastre de perder la fe en eso que dicen de que todos tenemos nuestra media naranja en alguna parte. La mía parece que se la ha comido alguien o ha hecho un mimosa con ella y la cáscara la ha usado para hacer un jugoso bizcocho que otra se ha debido de zampar. Yo lo único que quiero es perder la cabeza, enamorarme y sentir, volver a sentir que, a parte de un buen polvo, el amor está a la vuelta de la esquina. 
Cojo el teléfono y llamo a Zoe, mi hermana mayor, la que me acaba sacando de todos estos líos en los que me meto o me meten. 
—Sácame de aquí, Zoe, por favor. 
—¿Qué tiene de malo este?
—Pues que el muy imbécil dice que el tamaño de mi culo no se veía en mi foto de perfil. —Me paso los dedos por la comisura de los labios para quitarme los restos del pintalabios rojo—. Él tampoco avisa de que es un subnormal profundo. 
—Parecía otra cosa.
—Todos mienten, debería saberlo y tú también. ¿Cómo puedo tener tan poca vista para estas cosas?
—Porque has perdido ya el horizonte y estás rebajando tanto tu listón que vas a terminar quedando un día con el hijo de Chari, la amiga de mamá. 
Mi hermana se refiere a Koldo, el hijo de una amiga de nuestra madre que se pasa el día entero metido en su burbuja de marihuana y cervezas caseras. 
—Pues un par de caladas de un canuto de los que fuma me ayudaría a sobrevivir a esta noche.
—Pues si quieres le digo que me pase un poco para este domingo. 
—Lo único que te va a apetecer es meterte en la cama hasta el miércoles. —Sonrío al pensar en todo lo que hemos organizado.
—¿Crees que es una buena idea? 
Escucho una puerta que se cierra y los pasos de mi hermana por el camino de piedra de la Finca.
—¿Separarte de ese cabrón, tener por fin el divorcio o celebrar que mi hermana ya es legítimamente una mujer soltera de nuevo?
La historia de mi hermana con David, su ya exmarido, ha sido dura. Después de demasiados años de matrimonio, dos hijos, cinco años de maltrato psicológico del que ninguno nos dimos cuenta, un maltrato físico… Solo fue uno porque cuando vi a mi hermana con aquellos moratones juré que ni ella ni mis sobrinos pasarían ni un segundo más en aquella casa. Ha sido un año de denuncias, varios juicios, dos órdenes de alejamiento, quebrantamientos y demasiadas noches durmiendo al lado de Zoe mientras lloraba y se culpaba por haber aguantado tanto. Parece que por fin ha dado paso a su recuperación. Ha vuelto a sonreír, vuelve a tener ganas de vivir, de recuperar el tiempo que David le robó, aunque sé que ni está lista para enamorarse ni quiere hacerlo. 
—¿Te llamo en unos minutos y te hago la del incendio?
—No, que creo que este tío es bombero o al menos en su foto de Adoptaaparece con un traje y una manguera. Tiraré de sinceridad, será lo mejor. 
—¿Para qué me llamas entonces?
—Para confirmarte que el viernes te recojo y que todo está listo para un fin de semana emocionante. 
—Me das mucho miedo, Aura, de verdad.
—Prepárate porque a partir de ahora no habrá ningún miedo y todo serán nuevas aventuras. 
Siento un dolor inmenso en mi pecho cada vez que de su boca sale la palabra miedo. Hubiese dado mi alma para que ella no hubiese sufrido así. Me mata no haberme dado cuenta de lo que estaba sucediendo y haber permitido que el gilipollas –por no decir hijo de puta– de mi excuñado maltratase de aquella manera a mi hermana mayor. 
Ella siempre me ha cuidado, me limpiaba las rodillas cuando me caía, es la que me consolaba cuando en verano los rayos caían cerca de mi habitación y aquel árbol se convertía en un gran monstruo en las tormentas. 
Ella me regaló noches trepando por aquel mismo árbol para comprobar que los miedos solo están en nuestro interior, que no había ningún monstruo. No me di cuenta de que el suyo estaba a su lado día a día. 
—Aura, ¿sigues ahí?
—Sí, Zoe, perdona, se me ha ido la cabeza. —Mentir no es una opción para nosotras y sé que aun estando al teléfono, mi hermana va a saber que sigo sintiéndome culpable. 
—Aura, por favor, deja de pensarlo. Me protegiste, te pusiste en medio y… —Su respiración se hace evidente al otro lado del teléfono—. Se acabó, tú misma lo dijiste cuando firmé aquellos papeles. Está fuera de nuestras vidas para siempre. 
—Se supone que soy yo la que te tiene que…
—Has hecho mucho por mí, Aura, a veces pienso que demasiado. Has dejado tu vida muchas veces en stand by por mí y no quiero que sigas pensando que pudiste hacer algo más. —Se queda unos segundos en silencio.
—Zoe, no es necesario…
—Tú fuiste mi fuerza cuando yo ni siquiera me podía sostener, así que no pienses ni por un segundo que era tu deber darte cuenta. 
¿Sabes por qué no lo hiciste? —Escucho cómo suelta aire por la nariz—. Porque no os dejé, no quise darme cuenta de que todo aquello eran los indicios de que mi relación había pasado a ser tóxica y peligrosa. Cada día, cada grito y cada abuso estaban convirtiendo mi matrimonio en una pesadilla de la que esperaba despertarme antes o después. 
A cada palabra de mi hermana mi corazón siente un pinchazo de dolor. Por mucho que ella me repita que yo no he tenido la culpa, sigo sintiéndome responsable de no haber llamado más, de no haber estado más atenta a lo que pasaba y de haber permitido que David acabase con una parte de la vida de mi hermana y de mis sobrinos. 
—Lo siento, tata.
—Aura, eres mi persona y sé que haga lo que haga, nunca me vas a abandonar. Si un día te digo que he matado a alguien, sé que nada más recibir la llamada vas a coger la pala y un mapa para deshacernos del cuerpo. 
—Lo sabes, siempre estaré a tu lado y cubriré tus huellas si es necesario. 
—Qué suerte tuve aquel día que papá te cambió en el mercadillo por aquella calabaza. 
Sé que lo hace para que sonría. 
—Yo también te quiero. Voy a despedirme de este idiota y me voy a casa. Mañana tengo una reunión con uno de los abogados que peor me caen. Pensé que un buen polvo me haría ir más relajada, pero veo que me toca tirar de trabajos manuales. Buenas noches, hermanita. 
—Te quiero, Aura. Nos vemos el viernes. 
Me miro en el espejo, me paso las manos por el pelo y salgo decidida a la mesa donde mi cita sigue esperando. Le observo un par de segundos y si le pusiese una mordaza en la boca… No, Aura, ni se te ocurra, no le añadas a tu lista de desastres. 
—Ángel, me ha encantado la cena, pero tengo que marcharme. Sabes perfectamente que ni hemos encajado ni lo vamos a hacer. —Sonrío para suavizar mis palabras.
—¿Me estás plantando? —Se levanta de la mesa indignado—. ¿Tú me estás plantando a mí? —Eleva el tono de voz y el resto de los comensales nos miran intrigados—. Pero ¿te has visto? 
—Vale, iba a ser educada y me iba a marchar con una clara intención de no decirte lo gilipollas que eres, pero veo que te mola la sinceridad. A ti no te gusta el tamaño de mi culo y a mí no me motiva tu estupidez. Así que, Ángel, buenas noches y buena suerte, la vas a necesitar. —Saco de la cartera un billete de cincuenta euros y lo dejo en la mesa. 
Salgo del restaurante de La Latina y camino hasta mi piso situado en pleno centro de Madrid. Era el piso de nuestros abuelos, que cuando se mudaron a vivir a Lanzarote, me lo cedieron. Tras una gran reforma y mucho trabajo de carpintería de mi padre –que es un manitas con la madera y hace auténticas maravillas–, he conseguido tener ese rinconcito con el que siempre había soñado. 
Al llegar a casa me deshago de los tacones, del vestido, de mi ropa interior y me meto en la ducha para quitarme este olor. Al salir, me enfundo en una camiseta lo suficientemente larga como para no enseñarle el culo a ningún vecino y cojo la carpeta que tengo preparada para la reunión de mañana a primera hora. La tengo con el abogado de la empresa contra la que hemos interpuesto una demanda por despido improcedente y preferiría comerme un escorpión vivo antes que pasar más de diez minutos dentro de un juzgado con Santi Gallardo. Lo nuestro es una relación de amor odio en toda regla. Cada vez que nos vemos las caras en un juicio me acaba saliendo una úlcera por su culpa. Fuera del juzgado nos arrancamos la ropa y perdemos la noción del tiempo. La última vez me prometí que iba a ser eso, la última. Pero ya han sido demasiadas últimas veces con él. 
—Aura, en tema de citas, tienes que empezar a pensar más con la cabeza y dejar de actuar tantísimo por impulsos —se lo digo a mi reflejo en el espejo del baño mientras me embadurno la cara con las cremas que mi tía me da. 
Me tumbo en la cama con los papeles y sé que antes de llegar al punto tres del acuerdo me voy a quedar dormida. Mañana me tocará repasarlo todo mientras aguardo los quince minutos de rigor que Santi siempre usa para tratar de demostrar su superioridad. 
Se lo permito porque me gusta cómo me pide perdón después: la tarta Red Velvet –que es mi favorita– de la patisserie francesa de al lado de su despacho, hace que merezca la pena aguantarle y esperar unos minutos. 


Cuando eres pequeña y te preguntan qué quieres ser de mayor, las respuestas son muy variadas: desde astronauta hasta médica, pasando por futbolista, veterinaria y un sinfín de respuestas que di en aquel papel que nos entregaron. Volvieron a hacerme la misma pregunta con quince años, cuando se supone que ya tienes en mente qué quieres ser de mayor, cuando ya has imaginado tu vida adulta, pero yo me quedé en blanco. No fueron unos años demasiado buenos los del instituto. Mi hermana Zoe dejó el listón demasiado alto. Yo era demasiado alta, no entraba en unos vaqueros de la treinta y seis, llevaba gafas y aparato dental. Era la perfecta diana de burlas y comentarios malintencionados por parte de mis compañeros. Fueron dos años bastante complicados, pero siempre dicen que después del instituto es cuando realmente tu vida comienza. ¡Y vamos si lo hizo! Todo siempre mejora después del instituto. Que te discriminen por ser demasiado alta o demasiado baja; por no ser el canon de belleza de adolescentes híper hormonados; por sacar buenas notas; por no querer emborracharte los fines de semana y desperdiciarlos –según ellos– trabajando en la finca de tus padres; por tener acné; por ser una apasionada de los libros y ser un ratón de biblioteca que se escondía a la hora del recreo en una esquina del patio para leer a Jane Austen; por no llevar los vaqueros que salen en las revistas y que tu culo sea más grande que el de esas modelos que aparecen en las portadas. Sí, sufrí bullyingen el instituto y sobreviví a ello, soy una superviviente, como otros tantos que hemos crecido, pero no nos hemos olvidado de aquellas cicatrices que nos marcaron y que nos hicieron ser quienes somos ahora mismo. Con dieciocho años, justo antes de hacer la Selectividad, decidí que estudiaría Derecho, que ayudaría a las personas sin voz o que habían olvidado que la tenían. Quería ser la que luchase por ellos, pero jamás me imaginé que mi trabajo me traería tantas recompensas. Da igual las noches sin dormir preparando los casos, las reuniones en las que he escuchado, he sentido y me ha dolido lo mismo que a mis clientes. Quería hacer un mundo mejor y estoy en el camino para conseguirlo. La vida adulta se parece demasiadas veces al instituto. Seguimos siendo discriminados por demasiadas gilipolleces: por nuestro peso, por no llevar el último modelito o por no ir con la corriente del momento; por no publicar toda tu vida en las redes sociales, por seguir siendo demasiado alta, por decir lo que piensas en cada momento, aunque duela; y por saber lo que quieres y luchar por conseguirlo. Sí, la vida adulta es igual de jodida que la del instituto, pero ahora sé que se supera, que todo pasa. 

A mi yo de dieciséis años: 
Aura, tranquila, las heridas se curan, las cicatrices de vez en cuando pican, pero la vida es una gran aventura y hay que exprimir cada minuto que pasa porque no volverán. Te equivocarás, tropezarás, caerás al suelo, perderás muchas veces, ganarás otras pocas, pero no temas vivir: sé valiente, pierde el miedo y vive, joder.


Disponible en digital y papel en todas las plataformas de Amazon (mybook.to/TodosmisdesastresI).












You May Also Like

2 COMENTARIOS

  1. HOLA MARTA!!!! ME PUEDES COMENTAR PARA CUANDO LA SEGUNDA PARTE DE LA BILOGIA DE MIS DESASTRES? MIL GRACIAS!!!!

    ResponderEliminar
  2. Estupendo libro la historia me ha encantado deseando leer la segunda parte

    ResponderEliminar