«Y UNA CARTA DE AMOR. BILOGÍA MIS DESASTRES 2»

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AVISO: NO LEER SI NO HAS LEÍDO 
"TODOS MIS DESASTRES".
CONTIENE SPOILERS.
Si el pasado llama a tu puerta, no le abras y menos si estás en un estado como el mío. Mario y yo seguimos en medio de la carretera en plena tormenta. Se ha desatado viento, rayos y truenos justo encima de nosotros. 
Mario, al que tanto quise. 
Mario, al que dejé volar muy lejos. 
Mario, al que tengo delante de mí en silencio. 
—¿Qué… —No soy capaz de decir nada más. 
—Estás tan guapa como siempre, niña. —Pasa sus dedos por mi cara y aparta el pelo que tengo pegado.
Abro la boca, niego con la cabeza y me desmorono por completo. Comienzo a llorar y mis lágrimas se mezclan con la lluvia, pero Mario me estrecha entre sus brazos sabiendo que algo me pasa. Que esto no es un llanto de alegría por verle. 
—Será mejor que subamos a casa y me cuentes el motivo por el que la chica más bonita del mundo está llorando. 

Me seco el pelo con una toalla mientras me miro en el espejo del baño. No sé cómo no le he dicho que no, que no suba a mi casa, que no puede aparecer en mi vida cuando Leo está volando hacia alguna base militar europea. 
Cierro los ojos durante un par de segundos, respiro hasta que se me llenan por completo los pulmones y vuelvo a mirarme en el espejo.
—Aura, no te pongas en modo autodestrucción total, por favor. 
Se lo advierto al reflejo que me devuelve el espejo. Es una chica que solo quiere meterse en la cama y dormir hasta que cese la tormenta que tiene encima. 
En el salón encuentro a Mario mirando por la ventana mientras habla por teléfono. 
—Muchas gracias. —Deja el móvil en la mesa del salón y se da la vuelta. 
—Te he dejado unas toallas en el armario del baño. 
—He pedido comida asiática, espero que tus gustos no hayan cambiado en estos diez años. —Se sitúa delante de mí.
—Me sigue gustando. —Menos palabras no soy capaz de escupir. 
—¿Te importa si me pego una ducha? He salido del aeropuerto después de tres escalas y he venido directo a verte. 
—¿Por qué no me has avisado? 
¿De verdad querías que tu exnovio te avisase de que volvía a Madrid después de diez años? ¿De verdad, Aura? 
—Fuiste la última persona a la que vi en Madrid y quería que fueses la primera. Vuelvo a casa, niña. 
Siempre me llamaba así. Incluso ahora lo hace, seguramente por costumbre, aunque tras diez años sin vernos, debería haberla perdido. 
—Me ducho y hablamos. Tenemos que ponernos al día con nuestras vidas. —Me besa en la frente y se aleja. 
Pongo mi móvil a cargar porque la pantalla está apagada y me siento en el sofá derrotada. No quiero ser desagradable con Mario, pero no me apetece tener que contarle que mi vida estos diez años ha sido un jodido desastre. Pero como ya me conoce, puedo pegarle una patada en el culo o darle una manta para dormir en el salón. 
Cierro los ojos, apoyo mi cabeza en el respaldo del sofá y escucho la lluvia golpeando los cristales. 

Me relajo tanto que ni siquiera escucho el timbre veinte minutos después, hasta que Mario deja delante de mí una bolsa con comida. 
—Me voy a la cama, Mario. Puedes quedarte en el sofá. Como si estuvieses en tu casa. —Me levanto, pero Mario no me deja pasar. 
—¿Vas a dejarme solo en mi primera cena en Madrid? No seas tan mamona. —Entrecierra los ojos, frunce los labios y levanta una ceja—. Ya sé que estoy mucho más feo, con menos pelo y con algún kilo de más, pero no te puedo dar tanto asco como para alejarte de mí. 
Saca barriga y se la frota como si fuese la lámpara del genio. 
—No soy buena compañía, Mario. 
—No, no estás nada bien si no te ríes de mis chistes malos. No has podido perder ese sentido del humor del que me enamoré. 
—Poco queda de aquella chica, Mario. 
—Aquella chica me gustaba mucho. —Me dedica una sonrisa ladeada—. Dame cinco minutos. 
Camino hasta la cocina para coger un par de platos y una botella de agua. Vuelvo al salón y me siento mientras Mario abre las cajas de la comida. Parece que vamos a cenar cincuenta. 
—No me juzgues, desde Bruselas no he comido nada. Y eso eran las dos de la tarde. 
Hago que como algo, me recuesto en el sofá y escucho a Mario contarme su periplo en aviones por parte de Estados Unidos y media Europa. No me dice el motivo por el que está en Madrid, pero me alegro de tenerle de nuevo en la ciudad. Creo.
—¿Y tú? ¿Cómo te ha ido la vida desde que me rompiste el corazón?
—Tú te fuiste a Canadá. —Reacciono justo a tiempo.
—Tú no me pediste que me quedase.
Los dos nos miramos como si aún fuésemos los de hace diez años. Él tiene alguna arruga más alrededor de los ojos, yo he cambiado de color de pelo, los dos estamos lejos de ser aquellos enamorados. 
—¿Casado y padre de familia numerosa? —Le doy un trago al vaso de agua que me acabo de servir. 
—Me casé. 
—Bien. —No soy capaz de decir enhorabuena. Su forma de decirlo no denota demasiada alegría.
—Y acabo de firmar los papeles de divorcio hace exactamente —lo dice resignado mientras mira su reloj—… veintitrés horas, de las cuáles casi diecinueve las he pasado en aviones y aeropuertos haciendo escala. 
—Lo siento, Mario. —Mi mano termina encima de la suya sobre el sofá. 
Ninguno de los dos decimos nada. Volver a sentir su tacto hace que mi cuerpo reaccione. Pero no de la misma manera que hace diez años, ni siquiera como si le reconociese. Reacciona diciéndome que no es Leo. Me remuevo en el sofá y cambio de posición alejándome de Mario. 
—Cuéntame qué es lo que te atormenta, Aura. Han pasado diez años, pero sigues sin poder esconderme nada.
Él se acerca y yo de nuevo me alejo inconscientemente. Mario ladea un poco la cabeza y me sonríe a medias, con pena, con ganas de ayudarme y yo no se lo permito, no quiero permitírselo. 
Le conozco.
Me conozco.
—Se llama Leo y se ha ido a Siria. 
Este podría ser el inicio de un programa para algún canal nacional donde una chica cuenta la historia de su marido, al que destinaron a una guerra a la que no debió ir y que se muere de miedo por que no pueda regresar. 
«Nada va según lo planeado, todo se romperá. La gente dice adiós (…) Todo en lo que confías (…) te abandonará por la mañana[1]…»
Y la chica le cuenta al chico del que se despidió hace diez años que se ha enamorado en tiempo record y que ha perdido más rápido si cabe. Que necesita asumirlo, comprender por qué ha sucedido, quitarse de encima la culpa que siente y omite decir que va a investigar todo lo que pueda de aquella base a la que su marido ha ido.
—Y esta soy yo, alguien que no comprende cómo puede cambiar la vida de una manera tan rápida. Nos confiamos y perdimos de vista la realidad. 
—Lo siento mucho, Aura. 
Creo que se da cuenta de que a cada paso que da para abrazarme, mi cuerpo le rechaza. No lo hago con ninguna intención, ni siquiera me doy cuenta, pero él sí. 
—Vale. Voy a coger un hotel y…
—No. —Le sujeto de la mano cuando se levanta—. Solo necesito dormir. No te prometo que mañana vaya a ser mejor compañía, pero puedo llevarte a desayunar a San Ginés y comernos unos churros en silencio. 
La música sigue sonando de fondo y siento cómo las lágrimas ruedan por mis mejillas sin quererlo. Trato de retenerlas, de mantenerlas a raya hasta que llegue a la habitación, pero fallo en mi misión. 
Busco sábanas, almohada y manta para que Mario duerma en el sofá. Al dejarlo todo en el salón recojo el móvil y miro si tengo alguna llamada de Leo, pero no hay nada. 
—Descansa, Mario. Mañana nos vemos. —Le doy un beso y no espero a que me diga nada para irme a mi habitación. 
—Aura, me alegro mucho de volver a verte, aunque no sea el mejor momento para ninguno de los dos. 
Me guiña un ojo y comienza a preparar el sofá. Yo me meto en el baño, me lavo la cara, los dientes, me ato una coleta y evito mirarme al espejo. Mario tiene razón, para nada es mi mejor momento. 
Al caminar hacia la habitación miro de reojo al salón. Mario se está poniendo el pantalón del pijama y ha apagado la luz. Le observo entre sombras y me quedo unos segundos recordando que ese hombre que ahora mira su móvil, hace muchos años me quería y me hacía sonreír. Tal vez sea un poco la medicina que me… No, Aura, sácate eso de la cabeza, pero ya
—Buenas noches, Mario. 
—Buenas noches, niña. 


No he dormido en toda la noche. No sé qué es lo que realmente esperaba, si entre las botellas de vino, el picante, las cinco horas que me he pasado mirando el techo preguntándome cómo estará Leo y la visita de Mario… ¿Qué demonios hacía Mario en la puerta de casa? Sí, que se ha separado y tal, pero no ha tardado ni un día en volar hasta aquí al firmar los papeles del divorcio. Hace más de un año que no teníamos contacto, lo último que recibí fue un mensaje de voz en mi último cumpleaños, que creo que ni contesté. Me pilló en Cádiz con Raquel y Zoe en un after disfrazadas de Natalie, Dylan y Alex, Los Ángeles de Charlieversión del 2.000. Me parece que tenemos un fetiche con los disfraces. 

Me miro al espejo mientras me lavo los dientes. Son las seis de la mañana y no creo que Mario esté despierto. Al salir al salón lo compruebo, sigue durmiendo a pierna suelta. Le observo durante unos minutos después de ponerme un café. Sigue sin despertarse con los ruidos de la cafetera. Me siento en la mesa de la cocina y pierdo la vista en la madera bajo mis manos. Acaricio la marca que hizo mi sobrino hace unos años y sonrío: tengo que hablar con él y comprobar cómo está. 
Brrrr, brrrr, brrrr…
Brrrr, brrrr, brrrr…
Brrrr, brrrr, brrrr…
Salgo corriendo de la cocina a por el móvil. Ese sonido es la vibración contra la mesilla. Patino en la puerta al entrar y me golpeo contra la manilla, me lanzo sobre la cama y trato de alcanzar el teléfono, arrancándolo del enchufe de la pared. 
—¿Sí? —Solo escucho ruido entrecortado al otro lado—. ¿Leo? —Trato de afinar el oído, me levanto de la cama y busco cobertura, cosa que nunca me ha faltado en el piso. 
—Au… No… en… —Es la voz de Leo a miles de kilómetros—. ¿Co… tás?
—Leo, no te oigo bien. 

Camino por la base tratando de buscar algo de cobertura, pero entre el ruido de los aviones y que ni siquiera sé si la cobertura es buena en esta zona, intento hablar con Aura. Solo puedo escuchar su voz entrecortada, pero eso ya me hace sonreír. Camino unos metros y me alejo de todo el ruido de los motores. 
—¿Aura?
Pi, pi, pi, pi…
—Mierda. 
Me apoyo en la pared y me dejo caer hasta el suelo. Son las siete y media de la madrugada y ya estamos en la base de Al-Tanf en Siria. Han sido más de seis horas de vuelos, cinco de reuniones y no he dormido nada. Van a ser los meses más duros de mi vida. Ya no solo por estar aquí ni por la compañía que me han encasquetado a última hora: mi primo, al igual que yo, ha sido enviado a esta misión en forma de… ¿castigo para él o para mí? Si no tengo suficiente con cubrir mis espaldas en un puto país en guerra, ahora debo cuidar la del imbécil de mi primo. Y espero no tener que poner mi vida en sus manos, porque la tengo demasiado aprecio como para hacerlo. 

El móvil comienza a vibrar en mi mano. 
—¿Aura?
—Lo siento, no soy Aura. 
—Hola, papá. ¿Cómo sabes que… Vale, pregunta estúpida. 
—Te preguntaría por cómo ha ido el vuelo y demás, pero solo quiero decirte que no dejes tu vida en manos de Estévez. Me da igual lo que tengas que hacer: que él no decida si vuelves a casa o no. —Mi padre suena muy enfadado.
—Tengo que aprender a controlar mi ira. —Repito la frase de la psicóloga de forma muy irónica. 
—No, no la reprimas allí. Si tienes que hacerlo, mata antes de que te maten. Por favor. 
Hablo durante unos minutos con mi padre. Escuchar su voz hace que me tranquilice un poco. Al colgarle intento de nuevo hablar con Aura. Dos pitidos y al tercero escucho una voz de hombre que no reconozco. 
—Hola. —Miro la pantalla para comprobar que la he llamado a ella—. ¿Puedo hablar con Aura? 
—Ahora mismo está en la ducha. Si quieres le digo que te llame cuando salga. 
—Tengo que hablar con ella ahora. —Respiro profundamente y escucho los nudillos en una puerta.
—Aura, una llamada. 
Se escucha un grifo cerrándose, la mampara, un bufido de frío y cómo el móvil pasa de manos. 
—Gracias, Mario. ¿Sí? 
—Hola, Aura. —Intento no sonar extraño. 
—Leo. 
No dice más, solo oigo su respiración y a los segundos una puerta cerrándose. 
—¿Cómo ha ido el viaje?
—Largo y tedioso. Te he llamado antes, pero la cobertura aquí no es demasiado buena si no son con los satélites. 
Me imagino a Aura apoyada en el marco de la ventana observando la calle, comprobando cómo comienza a amanecer y mirando la cama donde deberíamos estar besándonos bajo las sábanas. 
—¿Ese era Mario?
No he podido callarme la pregunta. Prefiero saber la verdad a darle vueltas aquí a las mil millones de posibilidades, todas las peores que me puedo imaginar. 
—Sí, ayer apareció en el portal cuando bajé a por la cena. No quiero hablar de él ahora mismo, Leo. ¿Cuánto tiempo tenemos? 
—No más de cinco minutos. ¿De qué quieres que hablemos? 
—De nuestro viaje a Almería, de las estrellas que cubrirán el cielo, de la Aurora Boreal de Escocia, que me prometas que celebraremos juntos tu cumpleaños y que para el mío haremos una fiesta en la terraza de Bosco de Lobos. —Un suspiro algo triste se escucha al otro lado del teléfono—. De que volverás pronto a casa y…
No se escucha nada más, creo que la llamada se ha vuelto a cortar. Miro la pantalla, los segundos siguen corriendo, Aura parece tragarse lo que le duele para no demostrármelo tan pronto. 
—Van a ser solamente un par de meses. Mi cumpleaños no creo que lo podamos celebrar juntos, pero prometo llegar vivo al tuyo. 
—No tiene gracia, Leo. Ninguna. 
—Lo siento, me has contagiado esa forma de paliar el dolor con bromas, de mal gusto al parecer. —Escucho cómo nos llaman para entrar a otra reunión en uno de los edificios—. Espero que descubras pronto para qué ha vuelto tu ex.
—No hagas eso, Leo. 
—Hacer ¿qué? —Sí, sé perfectamente lo que insinúa.
—Echar por tierra estas semanas para que estar distanciados no duela tanto. Si me das de lado, si me obligas a odiarte por comentarios que me pueden hacer daño, lo pasaré mucho peor. 
—No era mi intención, cariño. Pero comprende que estoy a cinco mil kilómetros de ti y él, el chico al que mirabas como si fuese tu mundo, está ahí a tu lado. —Se me entrecorta la respiración—. Entiende que él ahora es sí y yo soy no. 
—Tú siempre eres sí. Que te quede claro y que no te quepa ninguna duda: te quiero, Leo. Me da igual que estés en Madrid, en Siria o en Taiwan. —Escucho cómo trata de controlar su respiración—. Te quiero y me da igual si tratas de alejarme de ti. Te jodes, no haber conseguido que me enamorase de ti. 
—¿Qué me joda? —Provoca que sonría.
—Sí. Así que más vale que traigas de vuelta tu culo a mi cama entero o sabrás cómo me las gasto cuando me convierto en un demonio. 
—Gracias, Aura. Por recordarme que soy el hombre más afortunado. Pequeña, tengo que dejarte. Nos vamos a inspeccionar la zona. —Me levanto del suelo y camino hacia el edificio desde el que me llaman. 
—No quiero que te preocupes más, pero creo que es importante que lo sepas. Estévez está en esta misión. Parece que esto es una especie de broma del destino.
—Prefiero no pensar en eso ni en que él tenga que salvarte de un ataque. —Escucho su respiración y cómo trata de controlarla—. Te quiero, Leo. No voy a decir nada más porque sé que harás lo correcto. 
—Te quiero, pequeña. Esta noche hablamos. 
Nos quedamos unos segundos en silencio y ninguno de los dos queremos dejar esta conversación por miedo a no volver a oírnos.
—Te quiero, Aura. 

Me quedo unos segundos con el teléfono pegado a la oreja mientras escucho el pitido de la llamada finalizada. Cierro los ojos y me lo imagino en una base oscura en algún lugar perdido en un país que me aterra, un país en el que han muerto más de mil setecientas personas en mayo, civiles, mujeres y niños… Tengo que evitar buscar información en internet. Googlees mi peor enemigo ahora mismo entre Siria y el carcinoma de Raquel. 
—¿Ese es el chico por el que ayer te bebiste dos botellas de vino? —Mario entra en la habitación preocupado.
—Una estaba casi terminada cuando la cogí. —No me doy la vuelta y observo las pequeñas gotas que comienzan a caer. Madrid llora lo que yo no quiero llorar. 
—Es un tío con suerte. Que tú le quieras es lo mejor que le puede pasar en la vida. Espero que no sea tan idiota como yo y no ponga un océano de por medio. 
—Hemos cambiado océano por el Mediterráneo. —Niego con la cabeza y miro a Mario—. ¿Qué haces aquí?
—Buscaba un…
—La verdad, Mario, ni tengo tiempo ni quiero que me digas verdades a medias. —Vuelvo al baño y entrecierro la puerta para ponerme un pijama que había dejado dentro. 
—Genevieve, mi exmujer, es la hija del que era mi socio. Con el divorcio me han echado, digámoslo así, de la firma en la que trabajaba. 
Al salir del baño me lo encuentro apoyado en la puerta de mi habitación. 
—Me han pagado una jugosa indemnización para que ni diga ni venda información. Quiero montar un bufete aquí en Madrid y te quiero conmigo. 
—No, lo siento, Mario. —No dudo ni un segundo.
—No pretendo…
—No sé si lo haces o no, pero ahora mismo no puedo pensar en nada más que no sea todo lo que tengo en mi vida. Tengo frentes abiertos, una clienta muy importante y no pienso dejar mi vida en pausa por un pasado que dejó de ser hace muchos años. —Bien, Aura, ¿puedes ser un poco más gilipollas?
—No pretendo volver contigo, Aura, sigo enamorado de mi exmujer, pero decidió que yo ya no era suficiente para ella y me engañó con mi mejor amigo. —Se pasa la mano por la nuca—. Así que no eres la mujer de la que todos nos enamoramos y no podemos olvidar. No he vuelto por ti, lo he hecho por mí, pero me queda claro que estás muy enamorada y no tienes ni tiempo ni ganas de ayudar a un amigo. Entendido. 
Mario se da la vuelta y yo me siento como una imbécil elevada al cubo. ¿Cómo puedo cagarla tanto tan rápido y soltar mierda por la boca sin control? Joder. Escucho cómo Mario dice algo que no entiendo mientras recoge sus cosas del salón. Sus padres viven en Barcelona, su hermana se mudó hace muchos años a Alemania con su marido y los niños, sus tíos viven en Canarias y no tiene a nadie más en Madrid. Supongo que los que eran sus amigos, nuestros amigos, le dejaron de hablar de la misma forma que hicieron conmigo. Como pareja les gustábamos, por individual no éramos tan aceptados socialmente al parecer. 
—Mario, lo siento. 
—No, Aura, no necesito tu compasión ahora mismo. Solo quería ver a una amiga, a una buena amiga y pedirle perdón por haber desaparecido este último año, por ser tan imbécil de dejar que Genevieve me obligase a alejarme de ti porque tenía celos. —Continúa metiendo cosas en su bolsa enfadado—. Y yo, como soy así de imbécil cuando me enamoro, lo hice. 
—¿Por eso dejaste de hablar conmigo? —Me pongo delante de él y le quito las cosas de las manos—. Te llamaba y nunca podías contestar o estabas reunido o tu mujer no te pasaba la llamada. 
—Mi mundo era ella y el trabajo, nuestra casa de tres plantas en las afueras de Toronto, las vacaciones de este año en Bermudas con nuestro mejor amigo y su mujer… Bueno, esta parte al final sí que la conseguirá. 
—¿Y estabas tan enamorado como para dejar de hablar conmigo? Que no voy robando maridos por el mundo. 
—Pero eres tú, Aura. La chica de la eterna sonrisa, la que quiere más allá de lo que se ve y por la que debí luchar en su momento. —Cierra los ojos y niega con la cabeza—. Con esto no quiero decir que haya vuelto por ti, lo he hecho porque necesitaba pedirte perdón y porque Madrid siempre fue el lugar que me hizo feliz. Quería volver a ser aquel chaval sin miedo a la vida, sin preocupaciones y el que podía sonreír a pesar de la mierda que nos rodeaba. 
Nos quedamos en silencio.
Busco sus manos de nuevo, las sujeto firmemente y me las llevo a los labios. Tiro de ellas para acercarle a mí y le abrazo. Él necesitaba esto y yo, aunque quiera hacerme la dura, necesito un amigo fuera de la burbuja Leo, con el que soltar mis miedos. 
—Cuando estés preparado, vas a follar como nunca con esa pinta de cantautor atormentado que tienes ahora mismo. 
—Joder, Aura. 
Lo siguiente que escucho es su risa, esa que después de tantos años consigue hacerme cosquillas en el alma. Me recuerda los viejos momentos, los viajes, los besos y la felicidad que nunca se ha ido con su recuerdo. Los ex pueden ser amigos, y si alguien no se lo cree, nosotros podemos demostrarlo. 
—Te invito a desayunar a una terraza que, a estas horas y un lunes, estará tranquila. 

Subir las escaleras que dan a la terraza del Sky44 de Gran Vía es una mezcla de películas de Alex de la Iglesia. No sé si espero encontrarme a Julia de La comunidadcon una maleta o al cura Berriatúa de El día de la bestia. Pero al llegar arriba, Hugo me recibe con una gran sonrisa. No, este no es un desastre, fue una cita realmente buena, pero lo nuestro no fue más allá de mes y medio de sexo bestial. 
—Pero ¿qué ven mis ojos? —Hugo sale de la barra y me abraza fuertemente—. ¿Cómo es posible que cada vez estés más guapa?
—Un pacto con el diablo. Ya lo sabes. —Le acarició la cara y me fijo en sus ojos verdes—. ¿Podemos desayunar en la terraza? 
—Por supuesto. Os pongo una de las estufas ahora mismo para que no paséis mucho frío. 
—Gracias, Hugo. 
Sonríe al salir y cojo dos cartas. Mario me mira negando con la cabeza. 
—Sigues teniendo contactos que me sorprenden. 
Salimos a la terraza y observo cómo Mario se acerca a la barandilla, se sujeta a ella con fuerza y mira el horizonte que Madrid le regala. 
«Voy a salir. Aquí no puedo respirar. (…) Nadie pudo volar. Nunca nadie pudo escapar de aquí. Saltaré al vacío total y voy a sobrevivir».
Cierro los ojos al escuchar la voz de Guille Milkyway diciéndonos que seamos libres, independientemente de lo que nos rodea, de la mierda que nos llueva, que volemos, aunque Nunca nadie pudo volar
—No hagas caso de lo que dicen, Aura, no te enamores. 
—Pues estoy jodida, Mario. —Me pongo a su lado y paso mi mano por su cintura pegando mi cabeza a su hombro. 
—Bueno, al menos que uno de los dos consiga ser feliz en esta vida, pero de verdad. 
—Solo espera, Mario, lo malo siempre acaba pasando y sé que te está esperando algo divertido, incoherente, abismal y posiblemente muy loco, pero que hará que tú también te enamores. 


El desayuno es en completo silencio, solo lo rompe el ruido de los coches que comienzan a circular por Gran Vía y mi teléfono que comienza a sonar a las diez y media de la mañana. Veo el nombre de Raquel en la pantalla y respiro hondo antes de contestar. Supongo que ya sabe que Leo se ha ido y me quiere realizar un psicoanálisis. 
—Buenos días, Raquel. 
—Aura, creo que me pasa algo. No puedo respirar bien, me duele el pecho y siento un dolor punzante en el lateral al mover el brazo. —Escucho su respiración nerviosa—. Aura, tengo miedo. 
Salgo corriendo de la terraza dejando a Mario sin saber qué hacer. Vuelvo y le lanzo las llaves del piso. 
—Tengo que marcharme, Mario. —Niego con la cabeza sin dar más explicaciones—. Hugo, luego te pago. 
Bajo corriendo las escaleras hasta el noveno y aprieto el botón del ascensor para que llegue rápido, pero no lo hace. Decido lanzarme por las escaleras y las desciendo de tres en tres, sin pensar en nada más que teletransportarmey estar con Raquel lo antes posible. Llego al bajo con la lengua fuera y cruzo Gran Vía entre coches que esperan al semáforo en rojo. 
Veo un taxi.
Me meto en él. 
Creo que me he colado.
Pido perdón alegando una emergencia. 
Le doy la dirección.
Quince minutos después estoy pidiéndole al portero que me acompañe a casa de Raquel y que me abra la puerta. 
Trato de recuperar la respiración que he dejado junto con mis llaves en la azotea, mientras el portero abre la puerta y encuentro a Raquel sentada en el suelo temblando. 
—Bajamos ahora mismo. ¿Puedes conseguirnos un coche? 
—Por supuesto. —El portero se va casi corriendo. 
—¿Cómo tienes el pulso? 
—Acelerado por el miedo. ¿Y si han llegado tarde? 
—Raquel, mírame —le sujeto de las mejillas mientras hablo—, esto es un ataque de pánico. Voy a meter dos cosas en tu bolso y nos vamos. —Escuchamos el timbre del portero—. ¿Sí?
—El coche llega en dos minutos. 
—De acuerdo. Bajamos ya. 

Las siguientes horas desde que llegamos a MD Andersonson un caos. Se llevan a Raquel a hacer más pruebas y me dejan en una solitaria sala blanca en la que no se escucha nada más que un hilo musical demasiado espeluznante. Tengo el móvil en la mano y pienso en llamar a la madre de Raquel, pero no sé si ella quiere o si ya lo ha hecho. 
Saco los cascos del bolso y me enchufo a una lista de Spotifysin mirar. El destino es demasiado sarcástico la gran mayoría del tiempo y Beret suena desgarrador con su Vuelve
Cierro los ojos. 
Me hago la fuerte. 
Debo serlo. 
Pero ahora estoy sola. 
Date una tregua, pequeña. 
Puede que esas palabras son las que me dijese Leo en un momento así. 
Llorar no es de débiles, es una forma de encauzar los miles de sentimientos que ahora mismo te ahogan. 
Aprieto los ojos. 
Las lágrimas caen sin remedio. 
No les pongo barreras. 
Respiro hondo. 
Siento una mano en mi hombro. 
Levanto la vista. 
Él está aquí.
Pero no es él. 
—¿Qué haces aquí, Aura? ¿No se supone que deberías estar en una cala de Almería?
—Leo se ha ido a Siria. 
—¿Cómo? —Juanjo se arrodilla entre mis piernas.
—Ayer a las 1900. Hoy me ha llamado a las 0630. Está en Al-Tanf, la base militar de Estados Unidos, a veinticuatro kilómetros de la frontera de Irak. —Suelto datos que no se van de mi cabeza desde ayer—. Uno de los tres cruces fronterizos oficiales entre Siria e Irak. 
—Sé dónde está. Me preocupa que tú tengas tantos datos. 
—Bueno, esos son los mejores. Me guardo para mí los preocupantes. —Levanto los hombros—. ¿Tú qué haces aquí?
—Soy el contacto de emergencia de Raquel cuando tú no estás. Lo decidimos el otro día en el spa. 
—¿En el spa? Claro. Ahora es cuando me das vuestra invitación de la inauguración de la casa o de la boda, ¿no?
—No ibas a estar esta semana y Zoe está ocupada con Nico. Raquel no quería cargaros con más preocupaciones. Yo estoy libre, en todos los sentidos. He cogido un par de semanas de vacaciones para ayudarla en todo. 
Los dos nos miramos y sonreímos. Somos dos perfectos desconocidos que se han convertido en amigos en tiempo record. 
—Esta semana creo que vamos a estar muy juntos, Aura. 
—Sí, eso me temo. 
—¡Eh! Podrías tener a alguien mucho peor a tu lado. 
—No, Estévez está con Leo en Siria. 
JJ se separa de mí y veo el miedo en sus ojos. 
—Tengo que hacer una llamada. 
—No avises a Bosco, él se lo contará a Zoe y comienza el círculo de preocupación. Ahora mismo Raquel es la única que importa. —Cojo su teléfono tras un breve pero intenso forcejeo—. Por favor. 
—¿Familiares de Raquel Aráoz?
Una médica nos avisa de que podemos ir a la cafetería y nos avisarán de los resultados de las pruebas que le están haciendo. 
—¿Es el tumor?
—No es seguro, pero creo que uno de los medicamentos de las pruebas ha reaccionado de una manera inesperada y le ha producido una inflamación de los ganglios linfáticos. —Nos sonríe amable—. La doctora Laura García está con ella, es la jefa de sección de tumores de mama. Estamos realizando más pruebas y es muy posible que cuando los ganglios se desinflamen, operaremos a Raquel. No deja de preguntar si estás bien, Aura. 
—¿Yo?
—Sí, es bastante cabezota. Dice que si estás aquí es que no te estás metiendo a Leo de desayuno. —Parece que no comprende lo que repite—. No sé si es por los calmantes que le hemos administrado, pero está preocupada por eso. 
—Vale, dígale que todo está bien, que hemos pospuesto el viaje para dentro de unas semanas por problemas de agenda. 
—De acuerdo. Os avisaré cuando sepamos algo más, no os preocupéis. Es fuerte. 
—Lo es. —JJ me sujeta con fuerza de la mano y me pega a él.
La médica nos acompaña con una gran sonrisa hasta la cafetería. Su tono de voz, calmado y dulce, me pide que me quede un momento con ella. 
—Ahora voy, JJ. —Le pongo la mano en la espalda a sabiendas de que no le gusta que me quede a solas con la médica—. Dime. 
—Tengo un mensaje de Raquel. Me ha dicho que ya ha llamado a su madre y que le colgó el teléfono. Que no la necesita, que os tiene a vosotros. 
—Vale. —Agacho la cabeza y jugueteo nerviosa con mis dedos—. ¿Va a salir todo bien?
—Está en las mejores manos y el equipo que ha formado la doctora es el mejor. Te lo prometo. Da miedo, lo sé, pero ella es fuerte y os tiene a vosotros. Os va a necesitar una vez salga de la operación y en la espera de los resultados. —Pone su mano en mi hombro y me transmite una paz increíble—. No todas las historias de cáncer tienen el mismo final. Sé que no vale de nada que te cuente esto ahora, pero tengo mucha fe en que esto solo será una marca en vuestra vida.

Las horas de espera en la cafetería se hacen eternas. A las dos de la tarde nos dejan pasar a una habitación de la segunda planta. Al entrar nos encontramos a Raquel sentada en una butaca mirando por la ventana. Gira la cabeza cuando abrimos la puerta y sonríe. 
—Lo siento, chicos. Siento haberos dado este susto. Parece que los medicamentos y el miedo me han jugado una mala pasada. 
—Hola, cariño. —Me acerco a ella y me pongo de rodillas a su lado—. ¿Cómo te encuentras ahora?
—¿Qué es esa mierda de que habéis cambiado el viaje por temas de agenda? 
—Han surgido unos temas ineludibles. 
—Aura, no me vengas con mierdas varias. Sé cuando mientes. —Me agarra de la barbilla. 
—¿Cómo estás? 
—Bien, iba a esperar, pero no es necesario. Quieren adelantar la operación a mañana, para comprobar que el tumor no es el que me produce el dolor en el brazo. Que lo más seguro es que haya sido un ataque de pánico, pero no se la quieren jugar. La doctora está casi segura de que el carcinoma está ejerciendo presión contra el pulmón. —Se queda en silencio—. También quieren descartar que se haya expandido más allá de lo que se ha visto. Cuando abran se encontrarán al bicho, lo extirparán y tras analizarlo el patólogo, sabremos sus apellidos. 
Sujeto la mano de Raquel entre las mías y las beso. Cierro los ojos durante unos segundos y siento su otra mano acariciándome la cabeza. 
—Esto quedará en una mierda de día, semana o mes. Pronto estaremos celebrando lejos los resultados. Tú eliges destino. 
Sonrío y beso a mi amiga que sigue teniendo un pequeño gesto de preocupación en sus preciosos ojos. Las dos observamos que Juanjo no se ha movido de la puerta, ni siquiera ha soltado el pomo. 
—JJ, no es contagioso. No creo que mi cáncer salte de mi cuerpo. 
—Raquel. —Reprendo este comentario. 
—El humor de nuestro nuevo amigo es mucho más negro de lo que hace ver. El otro día hizo un comentario muy ácido sobre…
—No. —JJ se acerca a nosotras con rapidez—. Eso queda entre nosotros. 
—De acuerdo. 
Juanjo da pie a una conversación en la que hablamos de banalidades, de miedos, de todo y de nada. En un momento de la tarde salgo de la habitación y les observo por la cristalera que da al pequeño pasillo antes de salir del cuarto por completo.
Si no los conociese.
Si jugase a imaginarme su vida. 
Serían una pareja que lleva desde siempre juntos, que se ríen de los mismos chistes malos, que han superado pérdidas y son más fuertes uno junto al otro. 
Si jugase a imaginarme otra vida, les querría tener a los dos en ella. 

Tras el periplo de vuelos, las reuniones casi infinitas y presentarnos ante los compañeros de la base, por fin puedo acostarme en un camastro dentro de un barracón. Escucho la voz de Estévez hablando en inglés con unos militares americanos, mientras pregunta a ver cómo va el tema aquí de mujeres. 
—Esa tía que estaba en la charla, ¿de qué palo va? ¿Es más de rabos o de hacer la tijera? —Hasta su tono de voz es despectivo.
—Yo no jugaría con la General de Brigada Atwater. Al último que vaciló con ella lo envió de misión de reconocimiento a una zona del desierto con los de Fuerzas Especiales. Y esos están como una cabra. —Un tipo grande y con barba muy poblada se acerca a mí—. Soy Cameron Dirk, Comandante de Inteligencia. 
—Leo Ramírez, Teniente de la UEI. 
—¿Tu primera misión? —Me hace un gesto con la cabeza para que le siga.
—No, han sido varias ya. —Caminamos por la base y me la enseña avisándome de quién puedo fiarme y de quien algo menos—. Los del escuadrón suicida, Fuerzas Especiales, son bastante peligrosos en combate, así que es bueno tenerles siempre cerca. Además, todos los días hay póker en su puesto. 
—Es bueno saberlo. Del bocazas no os fieis. En más de una misión hemos tenido problemas, así que espero que le dejen en la base pelando patatas. 
—¿Y qué coño hace aquí? No necesitamos niñatos a los que cuidar.
—Un expediente que han querido encubrir mandándonos lejos. 
—Pues este sitio no da cabida a rencores ni errores. Debemos estar alerta las veinticuatro horas o tú o un compañero podéis acabar muertos. Esta zona es un avispero, si agitas el lugar inadecuado, explota. —Aprieta sus puños para después encenderse un puro—. No sabemos con exactitud qué es lo que va a ocurrir en unas horas. Puede que nos ataquen y que tengamos que salir a Tudmur, Homs o Al-Mayadin a socorrer a heridos, niños, mujeres y ancianos, de una bomba que destroza lo poco que quede. Esto es duro, muy duro, y si no confías en quien te protege, acabarás muerto en una puta emboscada. 
—No, le he prometido a mi chica volver. 
—¿Casado?
—Ayer a las 1600. 
—¿Y qué cojones haces aquí? —Me ofrece un puro.
—Una mala jugada del destino. 
Sí, el destino y el cabrón de mi tío han jugado mis cartas en esta partida. Hablo durante un par de horas con Dirk. Está casado, tiene tres hijos y una cuarta en camino, lleva seis meses movilizado aquí y le quedan dos semanas para volver a San Antonio, Texas, con su familia. 
Yo le cuento que mis sobrinas no me perdonarán esta misión en meses, que mi sobrino hablará antes de que vuelva, que Raquel saldrá de una operación complicada, que mis hermanos no me perdonarán haberme marchado sin avisarles ni dejarles venir conmigo y que mi chica, que Aura… Con ella me quedo sin palabras.
—Volverás a su lado, te lo promete un compañero y esas promesas aquí las cumplimos. —Me estrecha la mano y tira de mí para que nuestros hombros choquen—. Si estás aquí, estás lo suficientemente loco como para luchar con nosotros. Bienvenido a tu nueva casa. 
—Come on, Dirk. —Se lo gritan desde una de las puertas del final de la base.
—Voy a la reunión con los superiores de la tarde. Si necesitas algo, búscame. 
Vuelve a chocar mi mano y sale corriendo. 
En la base los diferentes militares americanos se ejercitan, reparan los jeep, reponen botellas de agua en lo que supongo que será el comedor y juegan a baloncesto en una de las zonas habilitadas para ello. 
Busco un lugar tranquilo para llamar a Aura, pero una alarma salta en la base y en diez minutos estamos montados en coches dirigiéndonos a una zona en la que acaba de explotar una bomba al paso de unos compañeros italianos. 

Lo que nos encontramos al llegar… Nunca estás preparado para enfrentarte a una situación así. El cielo se sigue tiñendo de naranja con las bombas que, tras pasar por encima de nosotros, acaban explotando a unos kilómetros. Sí, parece una puta película de guerra, pero es la realidad, mi realidad ahora mismo y lo único por lo que rezo es por poder salir de aquí lo antes posible. Suenan los silbidos de los disparos contra los insurgentes que nos comienzan a rodear, trato de sacar a un compañero del amasijo de hierros en el que se ha convertido el furgón en el que transportaban comida. El olor a metal quemado inunda mis pulmones, la sangre de este chico de menos de treinta años mancha mis manos y parte de mi uniforme. Sus gritos de dolor de clavan en mis oídos. Reza, reza por salir vivo, por no morir en brazos de un completo desconocido. 
Le arrastro fuera de los hierros.
Huele a gasolina.
Miro a mi derecha. 
A la izquierda. 
Un reguero de gasolina empieza a quemarse. 
Tiro de su cuerpo.
Sus gritos desesperados se oyen desde lejos. 
Tiene una barra atravesándole las costillas y por la posición, la sangre que emana de su cuerpo y el color de esta, parece que ha desgarrado un órgano importante. 
—Estévez, trae aquí ahora mismo ese puto camión y sácanos de aquí a todos. —Hablo por el intercomunicador, pero no oigo nada al otro lado—. Joder. 
—No siento la pierna. —El soldado me mira con la respiración descontrolada.
Al mirar para abajo compruebo que tiene una herida abierta en el tobillo, el hueso ha rasgado la piel y está fuera. 
Pierde mucha sangre. 
Busco algo con lo que hacer un torniquete. Ato el pañuelo que llevo al cuello en la herida. 
—Ramírez, dos minutos y salimos de aquí. —Dirk me deja al lado a otro de los compañeros italianos—. Pon tu mano en su cuello y no dejes de apretar. Está en camino un camión medicalizado para sacarnos de aquí. Carter, aquí. —Pega un grito y da un par de señales—. Menuda bienvenida, colega. 
Me da un par de golpes en el pecho y afirma con la cabeza, asegurándome que salimos de aquí en pocos minutos. 

Me he quedado dormida en el sillón de la habitación de Raquel. Son las siete de la tarde y se la han llevado a hacerse un escáner, mientras JJ ha ido a su piso a por algunas cosas. Me he despertado sobresaltada por un sueño que ni siquiera recuerdo y me va el corazón a mil. Busco el móvil entre mis piernas y el sillón. No tiene ninguna llamada. Trato de recuperar un ritmo normal, pero me cuesta conseguirlo. Salgo a buscar agua en la fuente de la entrada del pasillo y veo que Bosco junto con Zoe, salen del ascensor. Buscan el cartel que indica los números de las habitaciones y se encuentran conmigo. Por el gesto de su cara no parece que tenga demasiada buena pinta. 
—Aura. 
Mi hermana acelera el paso y me abraza casi ahogándome. Escucho sus sollozos y empujo con mis manos en sus hombros. 
—Raquel está bien, adelantan la operación y acabamos con esta pesadilla ya. Es lo mejor que podía haber pasado.
—Hemos venido en cuanto nos ha avisado Juanjo. ¿Tú cómo estás?
—Bien. —Les sonrío a ambos, pero me devuelven una mirada de total incredulidad—. Estoy bien, de verdad. 
—Bosco, ¿puedes ir a por algo de comer para mi hermana? Me apuesto lo que sea a que ni siquiera ha desayunado y ayer no cenó en condiciones. 
—Sí, Mario encargó comida y…
Me mando callar para no acabar de cagarla más aún. Mi hermana y Bosco me miran de forma más extraña si es posible. 
—¿Mario, Mario? —Mi hermana adelanta la cabeza unos centímetros sin creerse lo que escucha.
—Sí, Mario, mi ex, el de Canadá. Al que he dejado tirado en una terraza esta mañana y al que he lanzado las llaves del piso. —Busco el móvil para llamarle y se apaga—. No tengo batería. 
—Ni cerebro al parecer. ¿Tu chico se va a la guerra y tú alojas en casa a tu ex? —Zoe me da un pellizco en el brazo.
—Joder, suenas como papá.
—¿Qué es esto? —Mi hermana tira de la cadena que llevo en el cuello, de donde cuelgan las dos alianzas que me entregó Isaac.
—Unos anillos. 
—Ese es el anillo de Isaac. 
—Gracias, Bosco. —Si las miradas pudiesen matar, la mía le fulminaría. 
—¿A qué te refieres? —Zoe mira a Bosco—. ¿A qué se refiere? —Ahora a mí. 
—Son unos anillos que me entregó Isaac el domingo cuando supo que su hijo tenía que movilizarse a Siria. 
Zoe entrecierra los ojos, revisa los anillos y ve algo en mi brazo que le llama la atención. Sube la manga de mi camiseta y me gira el brazo. Descubre el tatuaje de los elementos y las golondrinas. 
—Anillos, tatuajes… Tú solo te grabas algo en la piel cuando es importante y… —Abre la boca y gira la cabeza para susurrar, o lo que ella cree que es susurrar—. ¿Os habéis casado?
Giro sobre mis pies, les doy la espalda y acelero el paso para llegar a la habitación de Raquel. Rebusco en su bolso, siempre lleva una batería encima. Escucho la puerta y los pasos de mi hermana, que se acerca corriendo y me agarra de la muñeca. 
—¿Te has casado?
—No… No oficialmente en un juzgado. 
—¿Tú estás loca? —Parece que mi hermana no comprende lo que he hecho. 
—Sí, sabes que lo estoy, que cometo errores, que me tropiezo con mis propias piedras, pero Leo es una piedra en la que tropezaría cada día, si así lo quieres ver. —Sé que estoy sonriendo. 
—Te has casado —hace un gesto de comillas al decirlo— con un tío que se ha ido a la guerra sin mirar atrás. ¿Cómo se te ocurre?
—Uno: no me gusta ese tono, Zoe. Sé que no compartes muchas veces la forma en que llevo mi vida, pero no creo que sea para que me trates con indulgencia o como si fuese tontita. Asumo la responsabilidad de haberlo hecho así, solo para nosotros. —Sujeto entre mis dedos los anillos—. El padre de Leo me hizo comprender que nunca es demasiado pronto para amar ni para pedirle que vuelva vivo. Tal vez no lo entiendas, tu chico está ahí fuera hablando con Juanjo, no se ha ido. ¿Tú qué harías si Bosco mañana se fuese? 
—No me casaría. 
—¿Y si eso es lo que crees que le hará volver a casa? Una promesa de seguir amando, de volar, de sentir y de descubrir que la vida por fin es como debería ser. —Respiro hondo y suelto el aire lentamente por la boca. 
—Pues pensaría que me he vuelto loca por un tío al que acabo de conocer —respira antes de seguir hablando—. Que separarme de él ahora mismo me haría cometer la locura de casarme con él por un rito extraño, seguramente en alguna tienda de tatuajes. —Zoe me sujeta de la mano—. Lo siento. Sabes que siempre he envidiado tu forma de decidir rápidamente las cosas, a veces sin pensarlo, pero siempre con el corazón. Me hubiese gustado haber estado en esa no boda, solo por ver ese amor tan puro. 
—¿No boda? 
Raquel entra en la habitación en una silla de ruedas que empuja un enfermero. 
—Puedes dejarme aquí, Arturo. —Raquel le guiña un ojo—. Nuestra próxima cita creo que es mañana, pero nos merecemos una que no tenga olor a hospital. 
—Te prometo una buena cita con olor a chocolate negro. 
—Te lo compro. 
Todos estamos atentos a esta conversación, incluso Juanjo que deja una pequeña maleta en el armario y niega con la cabeza con una sonrisa de resignación. 
—Mañana nos vemos, que ahora tengo que saber qué es eso de una no boda. Gracias, Arturo. —Le guiña un ojo amablemente y después me mira con cara de pocos amigos. Espera a que la puerta se cierre—. ¿Qué coño es eso de que te has casado? Como me digas que es de verdad y no un juramento de críos bajo un árbol, te juro que en cuanto me quiten este bicho, te arranco los pelos. 
—Vamos a ver, tranquilicémonos. El sábado fue un día duro y complicado. Era el aniversario de la muerte de la madre de Leo, luego le llamaron y acabamos en una cabaña con una extraña petición de boda, a la que me opuse. —Me tiemblan las manos al recordarlo—. Fue una noche de confesiones, de miedos y de promesas. Sé a lo que se enfrenta y a lo que deberé enfrentarme yo. Conozco bien el miedo, lo he vivido con papá. —Miro a Zoe y, por su cara, creo que lo comprende—. Claro que no me quería casar por miedo, pero si eso le obliga a sobrevivir, lo volvería a hacer mil veces más. Me da igual si lo entendéis o no, pero no pensaba que me tendría que justificar ante vosotras. 
Siento que me estoy enfadando y no es por ellas, es por esta sensación que tengo que me recorre todo el cuerpo y termina en unas punzadas en el corazón. Sé que es el miedo a esta situación con Raquel, al susto de esta mañana, a la pequeña pelea con Mario y a lo desconocido con Leo. 
Todos nos quedamos en silencio. Unos por no saber que Leo se había ido y enterarse por mí; Zoe supongo que recordando cada vez que nuestro padre se iba de casa; y Raquel está buscando algo en el móvil mientras se mete en el baño sonriendo. 
—Tu ex me pregunta si vas a volver a casa. —Lo dice antes de cerrar la puerta y la vuelve a abrir—. Ya le he dicho que como se acerque a ti con intenciones ocultas, pienso rajarle como a un marrano. 
Una gran sonrisa es lo último que vemos. Ahora sí que no decimos nada, pero siento la mirada de Bosco y JJ fija en mí queriendo saber más de ese ex al que Raquel hará la matanza. 

Salgo de la enfermería tras dejar a los dos compañeros en manos de los médicos de la base. Abro y cierro las manos observando la sangre en ellas. Compruebo que tengo un corte leve a la altura de la muñeca que no requiere puntos, pero que debo desinfectar. 
—Teniente. —Una voz femenina suena tras de mí—. Buen trabajo. Ha conseguido traer a esos dos soldados vivos. ¿Sabe que lanzarse desde el camión es algo peligroso?
—Sí, pero en momentos así o saltas o alguien muere. —Sonrío y levanto un hombro.
—Vas a encajar muy bien con el equipo. Soy Peyton Atwater. Tengo que redactar unos informes, pero si te apetece un buen whiskey, última tienda a la derecha. 
Me cuadro al escuchar su nombre. 
Por protocolo ella es mi superior, por su sonrisa al despedirse comprendo que tal vez ella busque alguien nuevo con el que hablar o… No eres tan irresistible, Leo. Es como si mi Pepito Grillo me quisiera avisar de que no me monte películas.
Aunque suena más como la voz de Aura cuando nos conocimos. Sonrío al recordarla. Voy a buscar el teléfono, pero comprendo que no es hora de llamar. 
Tengo un par de mensajes en el grupo con Bosco y JJ. Miedo me da abrirlo y comprobar los insultos que escucho ya. 




      

Primero pienso en Raquel, en el susto, en la operación, en los riesgos y en la recuperación. Es lo primero que se me viene a la mente, pero todo se disipa y aparece la imagen de Aura apoyada en una pared blanca, deslizándose por ella hasta terminar en el suelo. Juguetea con nuestros anillos en los dedos y niega con la cabeza. Tal vez piensa en lo rápido que ha sucedido todo, la forma en que nos conocimos y la manera en que el destino nos ha separado hace unas horas. Parece que han pasado meses desde la noche del sábado, desde que tuve su cuerpo por última vez entre mis manos, desde que mis dedos recorrieron cada curva de su piel y que mis labios saborearon todos sus huecos. 
Saco del bolsillo de mi petate la fotografía que me regaló. Acaricio su sonrisa, cierro los ojos y me la imagino. Recuerdo su mirada, la forma en que se cruzó con la mía aquella noche en La Latina; cómo nuestros dedos se buscaban por encima de la mesa de aquella cafetería antes de que el sol nos obligase a despedirnos. Así no me había imaginado conocer a la mujer de mi vida. Aura me ha sorprendido cada día, con su dulzura, la manera tan libre y de verdad de querer, de afrontar todo lo que la vida ha tratado de imponerle o quitarle. Es una de esas personas que al conocerla no comprendes cómo has sobrevivido sin tenerla cerca tanto tiempo.
Si nos hubiésemos conocido hace más años, nos habríamos querido durante más tiempo.
Si nos hubiésemos encontrado hace más años, tal vez no hubiese sido nuestro momento.
Tal vez yo no estaría aquí, pero tampoco con ella. 
Nos conocimos en el momento justo de nuestra vida para querernos eternamente. 
A veces la vida acierta. 
Me pongo los cascos, enciendo una de las listas de reproducción y él, la banda sonora de nuestra relación comienza a sonar. 
«Lo fácil sería desquererse, pero ¿quién rebobina este cuento? (…) Tú eres un beso sin rumbo y yo un corazón sin respuesta. Los dos nos quedamos sin pulso al rompernos la boca con tanta obediencia[2]». 
Reconozco que, si no fuese por ella y por Luna, yo no escucharía a este tío con tanta atención.
Cojo el teléfono, la busco en mis contactos y le mando un mensaje. Sé que me quedaré dormido con el recuerdo de Aura en la cabeza, nuestra foto en las manos y ganas de volver a casa revoloteando encima de este camastro de Siria. 

Estoy dormitando en el sofá cama de la habitación con Zoe.
Bosco ha ido a comprarnos unas cuantas cosas para que pasemos bien la noche. Decir unas es decir poco. Nos ha traído cepillos de dientes, pasta, colutorio, un peine, gomas de pelo, desodorante, toallitas desmaquillantes, chocolatinas, gominolas, cargador para el iPhone, pañuelos de papel, bizcochos de naranja y revistas, muchas revistas con muchas páginas. Cómo se nota que es padre. 
Me muevo en el sofá, no consigo dormirme. Mi hermana emite pequeños ronquidos y escucho la respiración tranquila de Raquel. Intento hacer esos ejercicios de respiración de mi madre, pero no hay inspiraciones u ovejas que me hagan dormir a mí. Se enciende la pantalla de mi móvil. Compruebo que tengo dos mensajes nuevos. Al ver que son de Leo… se me enamora el alma.
Sí, soy muy estúpida cuando estoy enamorada, ya os habréis dado cuenta, ¿no? 

 

Es un mensaje y un audio. 
Paso mi pulgar por encima del play del audio y me lo llevo a la oreja rápidamente. 


—Te quiero, pequeña. Siempre. 
Le respondo con otro audio. 

 

—Te quiero, Leo. Siempre será poco tiempo. 
Escucho de nuevo su audio. 
Una. 
Dos. 
Tres veces más. 
(...)

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